Alessia—Devolveré la empresa a tu padre. Todo lo que tienes que hacer es arrodillarte y suplicar.La voz de Julián resonó por toda la sala de subastas como si quisiera que todos la oyeran. Y así era. —Discúlpate conmigo delante de toda esta gente —continuó—, y devolveré cada centavo que retiré de la empresa de tu padre. Liquidaré todas las deudas. Todo. —Inclinó la cabeza, disfrutando el momento—. Una sola disculpa. Eso es todo.Alessia lo miró fijamente. A su alrededor, la gente más rica del país contenía la respiración, observando.En el estrado detrás de ella, su padre estaba de pie entre dos asistentes de la subasta, con la mirada clavada en el suelo. Enzo Romano, un hombre que había pasado toda su vida caminando con la cabeza en alto, no podía levantar la vista. Su madre estaba sentada en la primera fila, aferrando un viejo álbum de fotos, lo único que había salvado antes de que su hogar fuera embargado, con lágrimas silenciosas cayendo por su rostro.Pero lo que la había lleva
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