Debbie. —Oh, sí… yo… sí quiero. River acababa de introducir la punta, tal como dijo, y así se mantuvo. Ahora, la empujaba hacia adentro y hacia afuera de mí, lentamente, de una forma que aseguraba que no entrara toda. —Debbie, estás tan estrecha —susurró—. Jodidamente estrecha. La imagen de lo que estaba haciendo —el simple hecho de darme cuenta— me estaba volviendo loca. Entonces su polla se deslizó hacia afuera. La sentí sobre mi hendidura, sobre el capuchón de mi clítoris. La alineó, rozándola contra mi clítoris. —Joder… ah… —maldije en voz baja. Lo hizo una y otra vez, alineándose sobre mi clítoris. Mis ojos se abrieron de par en par y me encontré con su mirada. Sus ojos ahora eran de un color ámbar, un testimonio de lo que pasaba por su cabeza. Tragué saliva con dificultad. —Síiii… síiii —gemí bajo, mirándolo. —Eres tan hermosa, Debbie —ronroneó—. Tan jodidamente hermosa que no puedo evitarlo. A estas alturas, mi agujero ya me dolía; me dolía por el contacto, me dolía
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