Epílogo. Sangre y legado.
Cinco años despuésEl vaso de cristal estalló contra la pared de la mansión Voss.Víctor Alcázar no se inmutó. El líder de la mafia rusa estaba sentado en un sillón de cuero negro, paralizado. Tenía a una niña de tres años sentada en el hombro derecho, queriéndolo pintar. Otra niña idéntica de tres años colgaba de su cuello, diciéndole que le peinara la muñeca, y una tercera niña, de cinco años, estaba parada sobre sus muslos, exigiéndole que le armara un rifle de asalto de juguete.El monstruo letal de Europa del Este estaba rodeado y sometido por completo.—Quítame a estas mujeres de encima, intelectual —gruñó Víctor. Su voz fue un trueno rasposo—. Están destrozando mi reputación. Mis hombres me están viendo.Mariana Montenegro cruzó la sala de estar con paso firme. Llevaba un vestido rojo ceñido y unos tacones de aguja. Se detuvo frente a su esposo. Sonrió. Una línea depredadora y arrogante.—Son tus hijas, Alcázar. Lídialas —dictaminó ella. Frialdad absoluta—. Tú quisiste reproduc
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