La sala de juntas del holding Volkov, en el corazón financiero de Ginebra, era un mausoleo de cristal y acero. Los doce miembros del consejo de administración —hombres y mujeres que habían acumulado más riqueza de la que naciones enteras podrían soñar— estaban sentados en silencio absoluto. Sus ojos, cargados de escepticismo y un rastro de desprecio, estaban fijos en la silla vacía a la derecha de Dante. Entré en la sala cinco minutos después de lo acordado. Ya no usaba el marfil de la boda ni el esmeralda de las fiestas. Vestía un traje de sastre de terciopelo azul noche, tan oscuro que parecía negro, y mis tacones resonaban contra el suelo de mármol como una cuenta regresiva. Dante se puso de pie al verme, un gesto de respeto que hizo que varios consejeros se removieran incómodos en sus asientos. —Señores —dijo Dante, su voz proyectándose con una autoridad que no admitía réplicas—, les presento a Isabel Volkov. No solo es mi esposa, sino que a partir de este momento, asume el car
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