NarradorDos días después...Francesco Di Doménico se encontraba en su mansión, ubicada a las afueras de Roma. En verdad era una propiedad muy grande, diseñada para que viviera una gran familia —como lo había sido la suya, junto a sus dos hermanos y sus padres—, pero con el paso del tiempo, la partida de Maurizio y la decisión de Alessandro de vivir más cerca del corporativo, él se había quedado solo en ese lugar.Mientras recorría el huerto con árboles frutales, pensaba en la alegría enorme que había sentido al recibir la noticia de su nieto, contándole que la chica que por tantos años había buscado, esa que le había salvado la vida, era nada más y nada menos que Selena.—No me va a alcanzar la vida para agradecerle —le había dicho a Alessandro—. Ella es la responsable de que nuestro apellido continúe y, si Dios lo desea, cuando se casen y tengan hijos, habrá un nuevo heredero para que nuestra estirpe no se pierda.—Abuelo... —le había respondido Alessandro entre risas—. Solo tendrem
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