Me giré hacia el renegado y me troné el cuello. —No te preocupes. Lo haré.El renegado se abalanzó.Dí un paso hacia un lado y lo atrapé de la muñeca, torciéndosela con fuerza. Aulló e intentó zafarse, pero lo mantuve firme. Le propiné un rodillazo en el estómago y él se dobló, ahogándose.—¿Dónde está? —gruñí.Escupió sangre a mis pies. —Muerta. Ya te lo dije.Lo golpeé de nuevo. Esta vez, mi puño impactó en su mandíbula, sacudiéndole la cabeza hacia un lado. Se tambaleó hacia atrás y cayó sobre su trasero, salpicando barro por todas partes.—¿Dónde? —repetí.Intentó reírse, pero fue un sonido húmedo y burbujeante, más un gemido que una risa. —¿Quieres saber dónde? Ve a buscarla tú mismo. Si es que queda algo de ella, claro.Me dejé caer sobre él, llevando mis manos a su garganta. Mis dedos presionaron, disfrutando la sensación de su tráquea contraerse bajo mi agarre. —Dime dónde está.Sus ojos se desorbitaron. Su rostro se puso rojo, luego morado.—Gideon —dijo Seba
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