El viernes amaneció sobre Querétaro con esa claridad de diciembre que no engaña sobre el frío que viene pero que por unos minutos, en los primeros instantes del día cuando la luz todavía está aprendiendo a ser luz, tiene una calidad casi amable: dorada en los bordes, limpia en el centro, con esa temperatura específica que el sol de invierno tiene antes de volverse insuficiente.Ximena y Thiago llegaron a la hacienda poco antes de las nueve.Lo hicieron como siempre: el café del termo, los planos en el asiento trasero aunque en esta ocasión no había ninguno urgente que revisar, el silencio de la carretera que era el silencio de los dos. Pero esa mañana había algo diferente en la textura del viaje, algo que Ximena notó sin
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