Carmen se incorporó en el suelo, quejándose - Está bien, Jac. - dijo de mala gana, acariciándole el cabello - no te irás con ella. ¡Ella es mala! - le dedicó una mirada. Viéndola como si Dayana fuera un ser salvaje. Pero, en verdad, así se sintió. Las miradas de la gente estaban puestas en ella, culpándola. Respirando pesadamente, se levantó - lo siento, Jac. - se encontró en un punto muerto, donde se negaba a dejarlo ahí y a la vez, no podía tocarlo - tus rodillas, ¿te raspaste las rodillas? Carmen lo atrajo hacia ella, abrazándolo - regresaremos a casa. Ya no saldrás con ella. Dayana apretó los dientes, queriendo gritarle, “¡estoy hablando con él!”; pero dijo - &
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