El aire en la oficina de presidencia se sentía viciado, cargado con el olor a papel viejo y el rancio perfume de las tradiciones que mi abuelo se empeñaba en mantener vivas.Estaba furiosa, una rabia sorda y eléctrica me recorría las venas.Ingenua de mí, llegué a pensar que, tras mis meses en Estados Unidos, el abuelo habría olvidado aquella petición absurda, aquel contrato medieval que pretendía venderme como ganado de lujo. Pero no.El muy astuto ya lo tenía todo listo: las flores, el banquete, las alianzas y, lo peor de todo, el nombre del verdugo.Salí de la oficina sin decir una palabra.Sabía que, si abría la boca, el volcán que llevaba dentro entraría en erupción y no quería herir al viejo, pero la idea de casarme con el insoportable y metiche de Cassian Montclair me resultaba una tortura china.¡Jamás!Él representaba todo lo que yo despreciaba: la rectitud impecable, el apellido noble que pesaba más que el oro y esa mirada de superioridad que parecía juzgar cada uno de mis pe
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