Cuando tus hijos te ruegan que los mates para salvar a otros, cada segundo de vacilación es cobardía disfrazada de amor maternal.La voz que salió de la garganta de Kael no era la suya. Era más aguda, más quebrada, desesperada de una manera que ningún niño de cinco años debería conocer.—Libéranos —susurró, y luego el tono cambió, se volvió más grave, más masculino—. Termina con esto.Me quedé paralizada. El pequeño cuerpo que había albergado a mi hijo durante meses ahora contenía tres almas atrapadas: la del niño-sombra original, la de mi hija perdida, y Ravenna. Tres prisioneros en una celda de carne demasiado pequeña para uno solo.—No —la palabra salió de mi boca como un gemido—. No puedo. Ya perdí a mi hija una vez.El cuerpo de Kael se estremeci&oac
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