Algunas mujeres dan vida. Otras la roban. Y Selene era maestra en ambas.La oscuridad que emanaba de ella no era una simple ausencia de luz. Era una presencia activa, consciente, hambrienta. Se extendía como dedos vivos, tanteando el aire, probando las defensas del Santuario con curiosidad depredadora. Aria observaba esos tentáculos de sombra arrastrarse por el suelo cristalino, dejando marcas de corrosión allí donde tocaban, y sintió que los gemelos dentro de ella respondían con reconocimiento.No, pensó ferozmente, presionando las manos contra su vientre. Son míos. No suyos.Pero la verdad que Selene había revelado la perseguía como veneno: las semillas mágicas plantadas mucho antes, latentes en su útero, esperando pacientemente la co
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