AMANECER - DÍA CUATRO El grito del vigía resonó por todo el barco. —¡Tierra a la vista! Todos se despertaron de golpe. En cuestión de minutos, los nueve estaban en cubierta, mirando hacia el horizonte. Allí, emergiendo de la niebla matutina como un fantasma antiguo, estaba la Isla de la Primera Luna. No era lo que esperaban. La isla era pequeña, tal vez cinco kilómetros de diámetro. Estaba completamente cubierta de vegetación salvaje: árboles retorcidos, enredaderas gruesas, y una jungla densa que parecía impenetrable. En el centro, elevándose sobre todo lo demás, había una montaña con la cima plana. Y en esa cima, apenas visibles entre la vegetación, se veían las ruinas.&nb
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