La palabra "muerto" flotó en el aire de la sala, disolviéndose lentamente en el ambiente calefaccionado de la mansión. Elena soltó un sollozo ahogado, cubriéndose la boca con ambas manos mientras las lágrimas volvían a correr por sus mejillas. Sin embargo, Ariadna permaneció inmóvil. El teléfono de Velik seguía en su mano, emitiendo el eco sordo de las sirenas de la policía de Nueva York y el oleaje del río. No sintió el impacto de un luto devastador, ni la necesidad de desplomarse. Sintió, más bien, el peso de un vacío absoluto. Dante Volkov, el hombre que había gobernado su mundo con mano de hierro y promesas de terciopelo, ya no existía. Se había ahogado en las aguas heladas de Brooklyn, arrastrado por el
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