Marcos se quedó apoyado en el marco de la puerta sin poder creer lo que estaba viendo. La mujer que, hacía solo unos meses, lo había perseguido por toda la cocina con un cuchillo de plástico, gritando que la vasectomía se la haría ella misma "en vivo y en directo", estaba durmiendo en la mecedora como un ángel. Verla así, tan frágil y maternal, con un gemelo en cada brazo, casi le hizo olvidar las tres veces que ella había intentado "asesinarlo" desde que se enteraron del embarazo doble. La primera fue con un cojín, cuando él sugirió, ingenuamente, que "tres niños no eran para tanto". La segunda, cuando lo amenazó con un trencito de Mateo, prometiendo que si él no pedía la cita para la cirugía, ella misma se encargaría con sus dientes... Y la tercera fue cuando lo atrapó desprevenido en la ducha y, con una mirada de absoluta frialdad, le mostró una tijera de cortar uñas de bebé. —Elige, Marcos —le había dicho con una calma aterradora—, o vas tú al médico mañana, o practico mi pulso
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