El aire fresco del jardín de la mansión Seller no era suficiente para extinguir el incendio que devoraba la mente de Kerim. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el teléfono. La rabia, una mezcla de impotencia y remordimiento, le punzaba en las sienes. "Todo esto es mi culpa", pensaba mientras caminaba en círculos, buscando una salida que no existía. "Tuve compasión de ella; nunca debí dejar que se acercara tanto a nuestra vida. Debí haberla destruido legalmente cuando tuve la oportunidad".Con los ojos inyectados en sangre, marcó el número de Azra. Cada tono de espera era un latido más en su corazón acelerado.Del otro lado, Azra despertaba sobresaltada. Al ver el nombre en la pantalla, un escalofrío recorrió su espalda, pero lo respondió con la arrogancia que solo la seguridad de su abogado le otorgaba. —¿Kerim? ¿Eres tú? —dijo ella, con voz somnolienta pero alerta.—Azra... —La voz de Kerim era un siseo metálico—. ¿Qué es lo que quieres? ¿Acaso no te ha quedado claro el dañ
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