El despacho de Baruk Seller se había convertido en un búnker de guerra. El aire estaba saturado de humo de tabaco y una tensión eléctrica que hacía que los vellos de los brazos se erizaran. Kerim caminaba de un lado a otro, como un león enjaulado, sus pasos rítmicos golpeando la alfombra persa mientras su mente se desbordaba.—¡No, papá! ¡Pase lo que pase, no le entregaré a mi hijo! —exclamó Kerim, deteniéndose frente al gran ventanal—. Evan sería lastimado... Esa mujer, Azra, me está agotando la paciencia. No sé qué voy a hacer. Los abogados dicen que harán todo lo posible, pero ni siquiera ellos están seguros de ganar este caso. ¡Es una locura!Emmir, sentado en uno de los sillones de cuero, observaba a su hermano con una mezcla de compasión y pragmatismo. —Escucha, Kerim, tienes que calmarte, por favor. Si sigues actuando con el hígado, cometerás un error legal que nos hundirá a todos. Hallaremos una solución, hermano, ya lo verás.Emmir giró la cabeza hacia su padre, buscando la s
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