La mirada de Paulina no reflejaba la devoción de una esposa entregada, sino el peso desgarrador de la verdad. Anna, sintiendo cómo se helaba el ambiente en el recibidor, miró a su hijo y luego a Paulina, dando un paso atrás por puro instinto. —Los dejaré solos —murmuró Anna con la voz temblorosa, retirándose a toda prisa mientras el silencio de la mansión se volvía sofocante. Patrick dio unos pasos hacia la escalera, extendiendo la mano hacia ella con esa mezcla de desesperación y ternura que ahora le quemaba el alma a Paulina. —Mi amor, por favor, dime que tú estás bien con todo esto —suplicó él con la voz quebrada—. El negocio se está cayendo a pedazos, la prensa me persigue, pero nada de eso me importa si te tengo a ti. Te juro que ese hombre que describen en el periódico... no soy yo. Yo cambié, la droga me destruyó la vida, pero tú me salvaste. Paulina descendió el último escalón despacio, cada pisada resonando en el suelo de mármol como una sentencia. Se detuvo a medio m
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