El silencio en la habitación de Canela se sentía denso, casi sólido. Las paredes, que alguna vez habían sido testigos de sus risas, de sus tardes de música y de las largas llamadas telefónicas con David, ahora parecían cerrarse sobre ella como un recordatorio constante de su desgracia. Sobre la cama matrimonial de sábanas gastadas descansaba una vieja maleta de lona azul, abierta de par en par, esperando ser llenada con los restos de una vida que Canela deseaba desesperadamente dejar atrás. Con las manos temblorosas, la joven doblaba una blusa blanca. Sus ojos, hinchados y enrojecidos por las horas de llanto ininterrumpido, fijos en la nada. Cada prenda que guardaba se sentía como un clavo más en el ataúd de sus ilusiones. Recordaba el vestido azul de la fiesta, aquel que se había puesto con tanta emoción, pensando que esa noche sería mágica. Ahora, ese vestido estaba arrugado en el fondo del armario, una reliquia maldita de la noche en que su corazón se partió en mil pedazos. —
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