Espías

—Hola muñeca, ¿qué haces tan solita por aquí? —cuestionó a Elina uno de los hombre que se amotinaban a su alrededor.

Ella intentó salir de ahí, pero otros dos le cerraron el paso. Entendiendo lo que significaba, forcejeó para salir de entre ellos, aunque fue en vano, así que golpeó a uno en las piernas y causó un gran estruendo con las pilas de botellas que se almacenaban en el callejón. Los otros hombres intentaron detenerla, uno de ellos le apretó el cuello para aturdirla sin embargo, una mano mucho más tosca y fuerte se la quitó. Arturo golpeó y arrojó al suelo al líder de la pandilla.

—No te quiero ver por aquí otra vez, ¿entendiste?

No obstante, uno de los hombres tomó una botella y planeaba quebrarla en Arturo, pero Elina golpeo sus piernas y lo hizo flaquear.

En cuanto se pudieron levantar, corrieron despavoridos a su guarida.

—No peleas nada mal —expresó Arturo, sin dejar de lado la burla. Ella no respondía, solo contemplaba al hombre que tenía enfrente, era alto, fornido, rubio con ojos azules y un gran ego, según parecía. No era como los que vivían en el barrio, era muy extraño, casi como era de arrogante—. ¿Estás bien? —continuó mientras le daba su bolsa, arrojada al suelo durante la pelea.

—Sí, gracias —respondió secamente.

—No deberías estar aquí princesa, ¿por qué no pides un carruaje o algo así?

—¿Qué?

—¿A caso crees que no sé quién eres? Te he visto en televisión, en el Palacio, con La Reina.

—Para empezar, no vivo en el Palacio, no tengo un carruaje, y…

—Pero si trabajas para ella, ¿no?

—Da igual ¿no?

—Bueno, sea como sea, este lugar no es para ti, así que mejor vete.

—¿No somos bienvenidos los de nuestra “clase”?

—No —dijo alejándose nuevamente.

—Pues no importa, porque si no respondes las preguntas que vine a hacerte alguien más vendrá a hacerlas y ellos no serán amigables —expresó entre gritos.

—¿Es una amenaza? —preguntó girándose—, te acabo de salvar la vida y ¿así lo agradeces?

—No es una amenaza, es una petición. —Él no dijo nada más, por lo que Elina lo tuvo que decir abiertamente—. ¿Has escuchado de La Resistencia?, dicen que se reúnen en tu Bar.

Arturo sintió un profundo vacío en el pecho, pero no volvió para hablar y aclarar sus dudas.

Elina tomó un taxi a las afueras del barrio, después de haber pasado por tan interesantes y desafiantes situaciones, de algún modo, no había conseguido su propósito.

La ciudad parecía estar envuelta en un caos extraño, las autoridades estaban vueltas locas y el gobierno comenzaba a temblar contra los hombres que conformaban las protestas, las revueltas y todo el rencor contra la corona. Además estaban los animales, ¿cómo es que todos en los zoológicos enloquecieron así como así? Bueno, algo era seguro, los cimientos se movían, lo que había sido enterrado y olvidado hacía muchísimo tiempo, buscaba la manera de resurgir, pero ¿cómo evitar la catástrofe?

Esto y más aturdía la mente de Elina de regreso a casa no obstante,  decidida a no darse por vencida hasta no encontrar algo sólido, algo concreto que la guiara hasta La Resistencia, planeo volver mañana a aquel Bar; esta vez intentaría con alguien más, hablaría con alguno de sus “clientes frecuentes”.

Al llegar a casa, descendió del vehículo y entró a lo que sentía su hogar, el único rincón donde podía ser ella misma, donde podía pensar, hablar en voz alta y ver lo que fuere sin necesidad de explicar el  porqué; sin embargo, algo se sentía extraño, como si a sus espaldas faltara algo de protección, una sensación de escalofrío revistió su cuerpo, pero no había algo que se notara fuera de lo normal, al menos eso creía ella.

Mientras tanto, Brown y Johnson observaban desde su auto a la joven que se les había ordenado. Todo lo que sabían sobre ella estaba en un folder color paja; unos cuanto papeles, edad, nombre, características, lugares frecuentes, oficio, y algunas fotografías, y claro era, el motivo por el que la debían seguir. Era un trabajo tedioso y constante, y no importaba cuantas veces lo hubiesen hecho antes, siempre parecía encerrar una nueva sorpresa para ellos. En el pasado, de alguna forma, cuando aún eran muy jóvenes y recién se enlistaban al servicio, esperaban que su contribución mejorara al Reino, pero su desilusión fue muy grande al ver que no mejorarían al Reino, solo lo mantendrían vivo, a flote, como algunos decían; manteniendo una constante obra de teatro, donde todos tuvieran un papel, y creyeran que esa era la vida que debían tener. Conocían el sistema, a su gobierno, pero ya no podían hacer nada para cambiarlo, o eso creían.

Así pues, de manera preventiva y con la intención de evitar más molestias, el Primer Ministro y el Señor Mackenzie, decidieron hablar con La Monarca fuera de su agenda.

—Primer Ministro, Señor Mackenzie, ¿qué asuntos traen al Secretario de Seguridad y al Primer Ministro juntos y que no podía esperar hasta mañana? —cuestionó con seriedad y audacia Isabel, quien había sido seriamente desconcertada por el prematuro aviso de la visita.

—Bueno Su Majestad, venimos a tratar un asunto un tanto delicado —respondió el Primer Ministro.

—Bien, ¿de qué se trata?

—En realidad Majestad, no es un asunto delicado —intervino Mackenzie, con su gran astucia—, más bien es un asunto importante y nos gustaría, en la medida de lo posible, que no se volviera una situación delicada, por eso la premura de la visita por la cual, nos disculpamos.

—En ese caso, los escucho.

—Resulta que hemos recibido informes de que la Consejera de Su Majestad ha estado moviendo escombros para averiguar las causas infundadas de las revueltas y las protestas, y consideramos que no es una buena idea.

—¿A sí?, y ¿por qué no es una buena idea?

—Bien, si la gente, los periódicos, la prensa, en fin; si las personas en general llegan a saber esto, podrían verse alentadas a creer que los rumores de los vándalos y pandilleros de dichas revueltas, son ciertos.

—¿Y qué rumores son esos, puedo saber? —preguntó Isabel con la intención de obtener algún flaqueo de aquellos hombres que siempre habían creído que La Monarca estaba de su lado.

—Rumores Su Majestad, todo se trata sobre quejas por el mal gobierno, ya sabe.

—¿De verdad?, bueno, sepan que me tomé la molestia de investigar por mi cuenta un poco y digamos que esos rumores simples, como ustedes me dicen que debo creer, son más bien bastante delicados.

—Tiene que tomar en cuenta que sus fuentes de información podrían no ser las más adecuadas Su Majestad —inquirió Mackenzie, mientras el Primer Ministro solo aguardaba con esmero la hora de zafarse victorioso de la acalorada discusión.

—¿Usted considera que la idea de que hay un legítimo heredero al trono y que esa persona no soy yo, es poco importante? ¿Un rumor desechable? —Ambos hombres se miraron de reojo, mientras que Michael aguardaba afuera con la espera de ponerse al tanto—. ¿Cómo se supone que reaccione a esto?, ¿y cómo es posible que ustedes estén tan tranquilos?

—Bueno Su Majestad, debe tomar en cuenta que no hay suficientes fundamentos para creer que lo que dicen es cierto, parece más un mal chiste para crear conflictos y atraer gente —respondió el Primer Ministro, con ánimo calmado.

—Díganme, ¿cuándo planeaban decirme lo que ocurría?, ¿cómo se supone que confíe en el gobierno que dice dirigir mi Reino? ¿Acaso no vinieron hasta aquí solo porque creen que mi Consejera, la única persona que parece preocuparse por lo que ocurre en su Reino, puede causar un alboroto? Si no los hubiera enfrentado yo, no me habrían dicho nada. Ahora bien, mi respuesta es no, mi Consejera es libre de hacer lo que le plazca si no interviene con lo que le mando. ¿Alguna otra petición?

Los hombres enmudecidos, uno colérico y otro temeroso, se despidieron cortésmente y abandonaron la habitación. Esa era una de las pocas veces que La Reina había reaccionado de una manera poco serena o impasible, estaba molesta, se encontraba confundida, y ellos no podían permitir que esto continuara, o podía cometer actos que pusieran en peligro su reinado y al gobierno.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó con desesperación el Primer Ministro.

—Si ella no le pone un alto a su amiguita, nosotros lo haremos —contestó Mackenzie.

—Pero Señor, no puede dañar a la Señorita Swan, si La Reina se entera, va a complicar las cosas y… —intervino Michael con sensatez.

—Descuida Wessex, hablaremos con ella de manera intimidante, pero cortés.

—Sus hombres, ¿ya la siguen? —continuó titubeante el Primer Ministro.

—Sí, solo es cuestión de que me avisen si vuelve a hacer algo imprudente.

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