Dos milagros.
—¿Cómo vas, hijo? —preguntó Evelin, su voz suave y llena de cariño mientras entraba en la habitación iluminada por la luz dorada del atardecer.
—Todo bien, mamá —respondió Otniel, levantando la vista de su escritorio abarrotado de papeles y libros.
—Qué bueno, estoy muy feliz por ti —dijo Evelin, acercándose y colocando una mano cálida sobre el hombro de su hijo.
—¿Quieres leerlo, verdad? —preguntó Otniel, con una sonrisa traviesa en los labios.
Evelin asintió con entusiasmo, sus ojos brillando