—Llamaré a unos hombres para que se la lleven al hospital. —Me avisa y se va.
Yo miro el cuerpo, sentía culpa. Luego de un rato llega Nana con los hombres y se llevan el cuerpo.
—Vamos a limpiarte —me dice acercándose.
—No quiero hacerte daño.
—Y no lo harás.
Me ofrece su mano y con temor lo acepto, me levanto y me limpia la sangre que me había salpicado, nuevamente me ofreció curarme las heridas y me obligué a resistir para no volverme loco, así que por más que gritaba y me dolía, logré c