—¿Irme? —Diego le miró interrogante—. ¿Y a dónde?
—De vuelta al extranjero. A nuestro hogar. Ya no tendremos que preocuparnos de todo esto cuando volvamos.
Ni siquiera Julio podría con ellos en ese momento.
Diego se quedó callado, como si se lo estuviera pensando.
—Podemos aprovecharnos del sentimiento de culpabilidad de la señorita López en este momento y llevarla al extranjero con nosotros. Le diremos que encontraremos tratamiento para usted allí. Así seguramente acepte venir.
A Mario le daba