Sofía bajó la cabeza y tardó un rato antes de decir:
—Lo siento.
—¿Perdón?
Julio hizo una mueca de desprecio y se limpió el rabillo del ojo mientras decía fríamente:
—No hace falta. Tú y yo no tenemos ninguna relación. Puedes ocuparte de quien quieras. No tengo derecho a entrometerme.
—Me salvó...
—¡Sí! ¡Él te salvó! ¡Maldita sea, ojalá fuera yo quien te hubiera salvado en ese momento!
Aunque tuviera que pasar el resto de su vida en una silla de ruedas, Julio deseaba ser él quien la salvara. R