Julio no sabía si considerarse afortunado o no, pues no se encontró con Sofía en el vestíbulo. Decepcionado, entró en el ascensor. Justo cuando las puertas se estaban cerrando, una mano se alargó para bloquearlas.
—¡Un momento!
—¡Sofi. . .!
Antes de terminar , se dio cuenta de que no era Sofía, sino una mujer vestida con elegancia.
—Señor César, ¿vive usted aquí? —preguntó sorprendida la mujer. Era evidente que sabía quién era Julio. Se preguntó por qué el poderoso señor César se quedaba e