El volumen de la radio es como el hilo musical de las tiendas: nos acompaña pero no sirve para llenar el silencio. De reojo veo a Diego concentrado en la carretera, con el codo apoyado en la ventanilla y toqueteándose los labios cada tanto.
—No te estás arrepintiendo de haber hablado, ¿verdad?
—No, que va.
—Ah, es que estás... silencioso. Vamos como siempre, no sé que me sorprende —admito.
—No es nada.
Sin embargo ese "nada" es tan poco creíble que, cuando me deja delante de casa, no quiero baj