Capítulo 159. Qué el Señor los acompañe
Días después muy temprano en la casa de Marina, Ana terminaba de pulir la lustrosa melena oscura de Marina en ondas que casi le llegan a la cintura.
Ana rio.
—Es increíble ¿cómo logras que el imbécil te deje quedarte aquí sola?
Marina sonrió.
—Los apetitos carnales de José Manuel son tan bizarros que no es problema decirle que no estoy preparada y prefiere irse con su amante.
—Esa odiosa gata sin cola, cuando me dijiste que querían hacerte creer que ella era tu mejor amiga…
—Yo