Habían pasado varios años desde aquel día en que nuestra familia se consolidó aún más. El sol brillaba en el cielo azul mientras nos encontrábamos en el patio trasero de nuestra casa, disfrutando de una tranquila tarde en familia.
Nuestra hija, Rose, de cabellos dorados y ojos llenos de curiosidad, ya tenía 6 años y jugaba en el columpio mientras su hermanito, a quien decidimos llamar Mikail en honor al abuelo, con sus tres añitos, correteaba alegremente detrás de ella.
Sentada en una cómoda