Una Venganza compartida con el CEO
Una Venganza compartida con el CEO
Por: TheShadowNight
1° Vendida al PEOR postor

Advertecia: el siguiente capítulo contiene escenas de violencia física y verbal, leer bajo propio riesgo.

La puerta de mi cuarto suena con intensidad y suspiro con cansancio, ¿por qué tanta urgencia? La cena es en una hora, ni que estuviera tardando tanto, mi madre es quien suele demorarse, ¿por qué me están apurando a mí que no lo hago nunca? Tienen suerte de que ya estoy lista.

Bufando, me salgo de mi tocador y me acerco a la puerta, abriendo con gesto fastidiado para encontrar al mayordomo observándome con una ceja alzada.

-Mírame así cuanto quieras, Nighel, sabes que no es a mí a quien deberías apurar.

-Su padre la espera abajo, como su madre se encuentra indispuesta, solo ustedes irán a la cena y él quiere que baje enseguida.

-¿Mi madre está mal? Debería ir a verla…

-Su madre solo padece el dolor clásico de los cólicos propios de su período, al parecer, ésta vez vinieron especialmente dolorosos, por lo que permanecerá en cama con un cojín caliente mientras ustedes asisten a la cena. Según sus palabras, es imperativo que no falten.

-Está bien, eso creo…

El mayordomo me acompaña abajo luego de tomar mi bolso y me encuentro con mi padre abajo, hablando como siempre por teléfono, el cual parece irritado. Sin embargo, su conversación se corta a penas me ve y me revisa de arriba abajo. Sabía que aprobaría el vestido debido a que mi madre me lo dio, parece que todo lo que ella escoge es correcto.

Sin decir mucho, me guía fuera de la casa y hacia el auto de afuera que nos espera, y ya dentro, por fin abre la boca hacia mí.

-Ésta cena es muy importante, Daniela, sí o sí tiene que salir bien.

-Lo sé, quieres que el Sr. Chers invierta en la empresa y lo comprendo, aumentaría exponencialmente el valor de las acciones, lo que nos daría un mayor capital y, por supuesto, aumentaría las ganancias si consigues que él fabrique nuestros productos con su material y mano de obra.

-Así es…

Su mirada sobre mí es dudosa, como si no pensara que lo que acabo de decir no hubiera salido de mi boca. Puede que sea “bonita”, pero eso no implica que sea tonta. Confío en mi creencia de que, si no tuviera pechos, me tomaría más en serio.

-Espero que no haga falta que te diga que tienes que comportarte y hacer todo lo que se te diga, sin importar lo que sea, porque si él se molesta, adiós a todo.

-No exageres, papá, no creo que sea para tanto, pero te prometo que me comportaré.

-Eso espero.

La forma en la que dice eso último no me da ninguna buena espina, mas trato de no prestarle demasiada atención y concentrarme en mantener una sonrisa tranquila que parezca real, algo que no grite “no me interesa estar aquí” y que, por el contrario, haga que todos sientan que todo está en orden. Es algo que he aprendido con los años.

Casi media hora después de puro silencio, el auto finalmente estaciona frente a una enorme casa y mi padre me hace bajar para acercarnos a la entrada. Contrario a lo que esperaba, no hay nadie más aquí, solo somos nosotros, lo cual me confunde porque creía que se trataba de una cena de negocios con varios socios, lo cual contradice totalmente lo que estoy viendo, ¿será que llegamos demasiado pronto con las insistencias de mi padre?

En cuanto ingresamos a la enorme mansión, el silencio que esperaba solo es roto por una música instrumental baja, la cual parece salir expulsada por unas bocinas en puntos estratégicos de la estancia por aquí y por allá. El lugar es bonito, demasiado ornamentado para mi gusto, demasiado ostentoso, pero no es que sea feo.

Un hombre trajeado nos recibe y nos lleva a la derecha, a una gran puerta en la que se supone que, nuestro anfitrión, está esperándonos. Al ingresar, una amplia estancia nos recibe, la cual posee paredes revestidas de libreros llenos, un suelo de madera pulida y un gran ventanal, con un escritorio amplio de madera justo en el centro, y en él, el Sr. Chers, un hombre de quizás cincuenta años más o menos, el cual es conocido por ser implacable.

-Alberto, es bueno verte.

-Lo mismo digo, Martin, a ti y a tu… preciosa hija.

La forma en la que me observa al decirme “preciosa” no me gusta nada, hasta me da escalofríos, lo único que falta es que se hubiera lamido los labios y eso sería el colmo. El hombre se pone de pie y se acerca a nosotros, ofreciéndole su mano a mi padre antes de quedarse de frente a mí y repasándome nuevamente con los ojos.

-Es incluso más hermosa de lo que esperaba, la foto no le hace justicia.

-Am… ¿gracias?

El brillo en sus ojos no me gusta nada, y mucho menos cuando mi padre vuelve a hablar.

-¿Entonces tenemos un trato? ¿Estás satisfecho?

-Por supuesto que sí, firmemos el contrato y terminemos con esto.

Esto cada vez me gusta menos, ¿por qué parece que hablan de algo que no es precisamente dinero? Ambos se acercan al escritorio del Sr. Chers y éste le ofrece un documento para que firme mi padre. Él lo hace y luego se da vuelta, caminando hacia la salida de la oficina sin siquiera dedicarme una segunda mirada. ¿Qué está pasando?

-¿Papá? ¿A dónde vas?

-¿No le dijiste nada a tu hija, Martin?

Mi padre se detiene antes de salir, mirándome sobre el hombro con una frialdad que nunca antes le había visto y eso me pone los nervios de punta.

-¿Papá?

-A partir de ahora, tú eres la propiedad del Sr. Chers, serás su esposa y no tendrás ninguna queja.

-¿¡QUÉ!?

-Te quedarás aquí a partir de hoy y cumplirás con todos los deberes de una esposa, sin ningún tipo de objeción, ya no eres mi familia sino su propiedad.

-¡NO SOY UN OBJETO, SOY UNA PERSONA!

-Pues ya no, y tampoco mi problema.

Con eso último dicho con desprecio casi, sale definitivamente cerrando la puerta tras de sí y escucho el click del cerrojo siendo puesto, haciendo que la desesperación me ataque. Ay no, ay no, ay no, no, no, no, esto no puede estar pasando, no a mí.

Sin siquiera reflexionar en lo que hago, pierdo completamente la compostura y corro hacia la puerta, golpeando y tirando de la manija con desesperación para poder salir de ahí y correr hacia el auto para volver a casa. Nada pasa, la madera no se mueve ni un centímetro, y mi desesperación aumenta.

Una mano me toma con fuerza de mi brazo y me voltea, empujándome contra la puerta con violencia, haciendo que me clave el maldito picaporte en la espalda de manera sumamente dolorosa. Una mueca deforma mi rostro, aunque no me dura porque sus dedos toman con fuerza mi mandíbula y mejillas, apretándome para que no me mueva y lo mire.

-Deja de actuar como estúpida, ahora eres mía y no habrá nadie que te saque de aquí, no importa cuánto grites, llores, golpees o patalees. No te irás jamás y, a partir de ahora, harás lo que se te diga, cómo se te diga, cuándo se te diga y dónde se te diga. Si te niegas, te aseguro que haré que te arrepientas, sobre todo si, eso mismo, me perjudica del alguna manera.

-¡SUÉLTEME!

-¡CÁLLATE! Tu padre te vendió a mí, ahora me perteneces y cuanto antes te hagas a la idea, mejor será para ti. No me importa si tengo que romperte cada hueso de tu cuerpo para que lo entiendas, lo haré la cantidad de veces que sea necesario hasta que comprendas la realidad, quebraré tu espíritu hasta que te sometas a mí, y te aseguro que no me importará en lo más mínimo cómo te sientas, lo haré sin ningún tipo de remordimiento.

-Jamás conseguirá que me someta, prefiero morirme a ser el juguete de un maldito como usted está mostrando ser.

-Eso lo veremos…

Y con eso intenta besarme a la fuerza, queriendo meter su asquerosa lengua en mi boca, mas no solo no lo permito, sino que además lo muerdo con fuerza en el labio, haciéndole sangre y obligándolo a apartarse.

La ira que veo en sus ojos solo me impulsa a escupirlo y, aunque quizás no fue la mejor idea, no me importa, porque quise hacerlo desde el segundo en que me miró como si fuera un maldito trozo de carne.

Su mano se impacta en mi rostro con fuerza, no solo haciéndome una brecha dolorosa en mi mejilla por el anillo en su dedo, sino que me arroja al suelo con el golpe, haciendo que mi espalda impacte con violencia contra un mueble cercano y el aire escape de mis pulmones rápidamente, haciendo que sienta que me ahogo.

Su mano me toma fuerte por el cabello y tira de él, haciendo que por la falta de aire, el gemido de dolor salga ahogado y las lágrimas en mis ojos se acumulen, dificultando mi visión. La peste al tabaco en su aliento me da justo en la nariz, haciendo que no pueda evitar sentirlo al querer respirar y llenar mis hambrientos pulmones de oxígeno.

-Eres una perra, una puta, un simple objeto que ahora me pertenece, y te obligaré a respetarme. No me importa si tengo que destruirte para que lo entiendas, lo haré hasta que aprendas a respetar.

Con eso dicho, empuja mi cabeza con violencia contra el suelo, seguramente haciéndome otra brecha en ella, entre ni cabello, que hace que mi sangre se deslice por mi rostro y luego, no contento con eso, el maldito impacta su pie una y otra vez contra mi abdomen, lo que hace que me preocupe si me ha roto quizás una costilla debido al dolor que me invade.

No sé cuándo es exactamente el momento en el que me desmallo, solo sé que, de un momento a otro, la obscuridad me rodea y que, cuando vuelvo finalmente en mí misma, el dolor me llega a casi cada rincón de mi ser y que, afortunadamente, estoy sola.

Una rápida inspección de mi entorno me dice que no me han movido del estudio de ese bastardo, el cual me dejó aquí tirada luego de golpearme hasta hacerme desmallar y, temiendo que vuelva, decido que, sin importar cuánto duela, tengo que salir de aquí. No tengo idea de a dónde iré, mi casa no es una opción, seguro que el desgraciado que me dio la vida, lo único que hará será enviarme aquí de nuevo (suponiendo que consiguiera llegar hasta allá) con tal de que su negocio no se caiga.

No importa, tengo que escapar, y con eso en mente, aunque me toma más tiempo del que me gustaría, por fin consigo ponerme de pie y camino hacia el ventanal. La puerta seguramente permanece cerrada, no se arriesgaría a dejarla abierta, pero una ventana, quizás incluso podría romperla.

Como puedo, tanteo los enormes bordes, hasta que milagrosamente, encuentro un seguro que abre una pequeña sección. No importa, soy bastante delgada a pesar de tener pecho y trasero, por lo que, casi llorando por el dolor, me deslizo como puedo por el hueco y me escabullo hacia los setos que rodean la propiedad. Rápidamente, reviso hasta que encuentro un hueco entre las ramas que los conforman y me escapo por él, ganándome unos cuantos cortes y heridas.

En cuanto soy libre, arrojo los zapatos a un lado y me alejo lo más rápido que mi castigado cuerpo me permite. ¿Tenía que llover justo ahora?

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