Mundo de ficçãoIniciar sessãoMike Sterling
—¡Está bien! Ve a hacer tus cosas de abogado y lo que sea que necesites; luego te llamo para sorprenderte. ¡Te amo! —habla tan rápido que me es imposible procesar la mitad de la información; lo hice después de un tiempo. Aun así, me besa como si me mudara a China.
Salgo de allí como si me estuviesen persiguiendo. No quiero ser malinterpretado, es decir: la amo, pero ¡Jesús, esa mujer es exasperante! Absorbe mi tiempo como si fuese de ella. No me importa cuando lo tengo de sobra —que casi nunca es el caso—, pero es demasiado posesiva y presiona tanto que me siento asfixiado. A veces me pregunto si solo estoy con ella porque sus padres y los míos así lo desean o si en serio quiero estar a su lado; tengo miedo de pensar en ello porque siento que debería correr... huir de su lado.
A pesar de mis pensamientos caóticos, sin darme cuenta llego hasta unas joyerías y lo primero que veo es un anillo de compromiso con cristales de cuarzo, en oro blanco y una piedra estilo rubí. Me acerco asombrado por su belleza y lo adquiero sin pensar. Guardo la cajita en el maletín porque mi novia es bastante curiosa y no me agradaría el hecho de que la descubriera, ya que no pretendo pedirle matrimonio por ahora.
Una hora y media más tarde me encuentro en una especie de café para ejecutivos contestando unos e-mails y dictando órdenes a mi asistente para el juicio de mañana. Aún no tengo noticias de Anya, así que puedo revisar y organizar lo que desee hasta que me llame por teléfono; considerando el hecho de que las chicas se tardan para todo, dejo mis preocupaciones de lado.
Llega a mi mente la imagen de unos ojos color caramelo fascinantes. ¡Dios santo, qué mujer tan bella! Creo que debe tener algo que ver con su descendencia latina o algo así, porque ese cuerpazo… ¡uf! Está buenísima. Sin embargo, debo mantenerme a raya porque mi noviecita es una fiera y no deseo tener problemas; mejor me concentro en lo mío y abandono cualquier recuerdo que ponga en peligro mi integridad psicológica y profesional.
Joshua me informa acerca de los pormenores del caso hasta ahora por medio de un e-mail: la cliente en cuestión demanda a su pareja —quien ni siquiera es su esposo— porque este no desea el bebé que está esperando. Es una situación incómoda tratándose de una figura pública como lo es Frederick Moza, Canciller del Gabinete Gubernamental. ¡Es un lío! Por eso debemos ser discretos al máximo, cosa que la Srta. Audrey Ferrero no entiende y pretende hablar con la prensa en cualquier oportunidad. Hablé con ella para decirle que le pondría seguridad ya que, al ser afín con este sujeto, está marcada la posibilidad de que alguien —la esposa, por ejemplo— pueda atentar contra ella. Al fin se calmó y yo me tomé un respiro.
Somos un bufete de abogados que trabajamos para personas ricas y famosas —sí, lo sé, es netamente «pijo» el asunto—, pero de todas maneras nos debemos a los clientes y nuestra prioridad es resguardar su integridad pública, siendo así literalmente el paño de lágrimas de los afectados y los superhéroes de los imputados.
Soy quien lleva las riendas del despacho, siendo mi «futuro suegro» el dueño. Estoy en el deber de estar al frente del negocio familiar —según dice él, por supuesto—, aunque deba partirme en mil pedazos para cumplir con mi deber con el Estado también.
¡Sí, bueno, es una verdadera tragedia!
—¡Joshua! ¿Qué me tienes? —contesto mi teléfono con cautela, aun sabiendo quién llama.
—¡Jefe, la loca está aquí y se encuentra furiosa! —no sé de qué habla.
—¡A ver, amigo, explícate! ¿Quién es la loca? —hablo pausado dentro de mi confusión.
—¡Edna Moza, la mujer del Canciller! —¡mierda! Y no puedo moverme de aquí.
—¡Eso sí que es un problema! —digo mirando a una rubia que se detuvo a sonreírme. Es bonita, pero estoy ocupado. Me señala preguntando si puede sentarse y niego con la cabeza; en este momento no necesito distracciones y si a Anya se le ocurre llegar, arderá Troya. La chica se ofende, me mira mal y se va—. Comunícame con Andrew, por favor.
—¡De inmediato, Jefe! —un tono diferente suena y escucho la voz de mi amigo.
—¿Hola? —responde.
—¡Amigo, necesito ayuda! —digo sin saludar; es muy poco usual en mí pero esto es una emergencia.
—¡Claro, amigo mío! ¿Qué necesitas? —y le cuento la situación completa.
Me dijo que continuara en lo mío ya que él se encargaría de todo. Como primo de mi novia, le corresponde hacer que yo la consienta todo el tiempo.
—¡Gracias, amigo, te debo una! —se carcajea diciendo que me cobrará con creces. Sonreí. A pesar de ser hijo de quien es, él sí conoce el valor de la amistad.
Anya llamó más o menos una hora después y, a Dios gracias, terminé el trabajo atrasado; solo resta reunirme con la Srta. Ferrero para afinar los últimos detalles del juicio. Guardo el material en mi portafolio y me dispongo a levantarme para salir del establecimiento. Llamo la atención de la chica para cancelar mi orden.
Camino hasta la sala de belleza nuevamente y veo cómo mi chica conversa alegremente con dos trabajadores, y la belleza madura discute acaloradamente con alguien al teléfono; pero al parecer me sintió llegar porque sus ojos conectaron con los míos de inmediato. ¡Dios! ¿Por qué tiene que estar tan buena?
Se le nota enfadada y se ve más hermosa. Es un mujerón diferente a lo que uno acostumbra a ver, una verdadera distracción para cualquiera y que, si no me alejo de ella, me traerá muchos, pero muchos problemas con Anya. Ingreso y, al fijarme bien en el cabello de mi novia, no puedo hacer nada más que elogiar a la mujer porque tiene unas manos de diosa.
Anya se ve completamente diferente y además bellísima. Dudo que, luego de este éxito, pueda alejarse de aquí y eso no augura nada bueno. Por otra parte, se encuentra la cena de hoy en casa de mis suegros por lo del cumpleaños de su madre.
¡Ni modo, tengo que aguantármelos!







