Azaleia está agitada, viéndome, con algo de vergüenza de estar así, tan dispuesta para mí. Mis ojos viajan de un lado a otro, bebiendo en su cuerpo.
—Por la diosa sagrada…eres tan hermosa— digo jadeando y me inclino, gateando por la cama hasta llegar sobre ella. Ataco su piel, mi boca toma su pecho uno por uno y mis manos se desesperan por tocarlos y masajearlos.
Beso, su abdomen, su cuello y ella me acaricia la espalda mientras se retuerce bajo mí, por las caricias y presión de mi mano, por m