Capítulo 5. El Hotel

Paula llegó al hotel con el cuerpo tenso.

El Faena era silencioso, impecable, casi irreal. Alfombras gruesas, luz baja, perfume en el aire.  Caminó hacia el ascensor con una sola pregunta en la cabeza.

¿y si entendí todo mal?

¿que estoy haciendo acá?

La habitación 1107 estaba al final del pasillo. Paula estaba mareada, muy nerviosa. Intentó calmarse antes de tocar.

La puerta se abrió de inmediato.

Del otro lado, había una mujer. Una señora alta, de unos cincuenta años, pelo corto platinado, perfectamente peinado. Ropa negra simple.

-¡Paula! - Pasa. Exclamó eufórica.

La habitación estaba llena de percheros. Fundas negras. Zapatos alineados. Mesas con telas, joyas bolsos. Todo perfectamente organizado como si alguien hubiera estado horas organizando lo que se decidió hace pocos minutos.

- ¡Soy la Image de los chicos!

- ¿la que? Paula no entendía nada.

-Ay perdona la image consultant, la curadora de imagen, la personal shopper, no se cómo decirte. Trabajo con Michael y Leo desde hace años. Soy la responsable de sus imágenes tanto profesionales como personales, estoy encargada de sus respectivos looks como el de las personas que trabajan para ellos. Acá nada queda librado al azar.  Vení sentate.

Siguió explicando - Antes hacia todo esto con sus esposas, cuando viajaban con ellos. Yo sigo manejando su estilismo ¡claro! en eventos, apariciones lo que necesiten, pero con los viajes me encanta, es algo distinto. La gente de la oficina es aburridísima pero también tengo que hacerlo para reuniones … Pero ¡Esto!

Miró a su alrededor

-¡Esto no lo hacía desde hace años!

La mujer apoyó un iPad sobre la mesa baja y lo encendió.

-Antes de empezar con las medidas quiero mostrarte algo.

Deslizó el dedo por la pantalla. Aparecieron imágenes. Estilos distintos. Looks completos.

- ¿Tenés algún estilo definido? - preguntó.

Paula negó enseguida.

-No, no mucho.

La mujer sonrió apenas.

-Perfecto, ellos sí lo tienen.

Volvió al iPad.

Cuando viajes con Leo, la imagen es esta: Ropa liviana. Colores neutros. Telas fluidas. Zapatillas, botas bajas. Elegancia relajada.

—Leo es muy físico. Muy activo. Outdoor. Le gusta que todo fluya. Que la persona que lo acompaña esté alineada con eso. Femenina, natural, fuerte.

Paula pensó en él.

Atlético. Seguro. Hermoso de una forma limpia, casi luminosa.

—En cambio —continuó la mujer—, cuando estés con Michael…

La pantalla cambió.

Negros. Trajes estructurados. Vestidos ajustados. Tacones. Cuero.

—Michael es otra cosa —dijo—. Más oscuro. Más intenso. Le gusta una imagen fuerte. Marcada. Algo más…

Paula sintió un escalofrío leve.

Pensó en su mirada. En los tatuajes. En cómo se había parado frente a ella.

Qué suerte, pensó sin querer.

Qué suerte trabajar con estos dos hombres.

La mujer dejó el iPad y tomó la cinta métrica.

—La ropa va a estar esperándote en cada destino —explicó mientras le tomaba las medidas—. Colgada en tu placard. Ya armada. Ya pensada.

—¿Tengo que llevar algo? —preguntó Paula.

—Nada. Cuando el viaje termina, la ropa se queda ahí. Si querés quedarte con algo que te haya gustado me avisás. Te la mandamos a tu casa.

Paula sintió un vacío breve en el pecho.

No tengo casa.

No dijo nada.

La mujer se detuvo apenas.

—¿No te dijeron lo del depósito?

—¿El depósito?

—Tu espacio personal. Cerrado con huella digital. Todo lo que compres, lo que necesites, lo que quieras guardar, va ahí.

Paula la miraba sin parpadear.

—Ellos usan ese sistema hace tiempo, no preguntes para que, no lo sé hay cosas que no hay que saber—agregó—. Es seguro. Privado. Tuyo.

La mujer guardó la cinta.

—Vas a viajar cada quince días —continuó—. A veces con uno. A veces con el otro. A veces sola.

—¿Sola?

—En avión privado. De un destino a otro, creo que no pisas más Argentina amor.

Paula sintió que el mundo, por primera vez, empezaba a ordenarse.

—Por ahora, te quedás acá —dijo la mujer—. En el hotel. Hasta el primer viaje.

- ¿Cuándo es?

—Según la agenda pasado mañana.

Paula asintió.

—Hoy descansa.

Cerró el iPad.

—No tenés que ir a ningún lado.

Se levantó. Empezó a guardar lo que había traído. En pocos minutos la habitación quedo vacía.

—Eso es todo por hoy.

La mujer salió.

Paula quedó sola.

Acomodó la computadora en el escritorio, pero estaba agotada. Se acostó y se quedó dormida. A las pocas horas golpearon la puerta. Dos golpes secos que la despertaron

Se incorporó todavía desorientada y abrió. Afuera había alguien de la oficina. No preguntó nada.

Le alcanzó una percha con la ropa ya armada.

—Esta es la ropa para el día del viaje.

Después le extendió un celular y una billetera.

—El teléfono ya está listo. Y acá tenés efectivo y las tarjetas de la empresa, para las comidas.

Cerró la puerta antes de que ella pudiera decir algo.

Recién entonces miró el celular. No había mensajes. Solo dos contactos guardados.

Leo.

Michael.

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