Aria despertó en la mañana, ofuscada por la luz del sol golpeando su rostro. Se soltó de las sábanas y salió de la cama, enderezando su espalda. Aunque durmió, se sentía agotada aún.
Tres pequeños revoltosos se presentaron en la habitación y ella los recibió repartiendo dulces besos sobre cada uno. Aria, aún inquieta por la necesidad de sus trillizos por saber de su padre, tenía que fingir que nada malo pasaba. Que todo estaba bien.
—Mamá, quiero comer tortitas.
—¿tortitas?
—Yo también —