La mansión estaba envuelta en un silencio inquietante cuando Ricardo se preparó para salir. Andrea, aún conmocionada por los eventos recientes, no pudo evitar notar la tensión en su rostro mientras él se colocaba el abrigo. La firmeza en sus movimientos, el gesto decidido en su mandíbula, le dijeron todo lo que necesitaba saber, aunque él no pronunció palabra. Sabía que Ricardo no podía seguir huyendo, y que, en su mente, había llegado el momento de terminar con todo. Él no estaba dispuesto a p