Epílogo
—Oh, Jesús. ¿Otra vez? —Dianne se lleva una mano a la frente.
Terry se ríe detrás de ella, masticando una manzana que acaba de sacar de nuestro refrigerador.
—Creo que ya es seguro decir que no podemos dejar que mi hermano se te acerque más.
—Jamás —añade Dianne, negando con la cabeza—. Con la suerte que tienes, ¡esta vez serán trillizos!
Todos reímos mientras acaricio mi vientre de embarazada.
—Aunque, hay que admitir que es muy bueno con ellos —digo, con la mirada perdida en la ventan