Aliyah sollozó cuando Irene colocó a su hijo en sus brazos, acercó la cara del pequeño a la suya y besó su mejilla, frotando sus lágrimas en su mejilla regordeta. “Es hermoso”, susurró, mirándolo fijamente. En ese momento, el bebé abrió los ojos y ella jadeó, sus ojos no eran azules como los de ella o Edward, sino de un marrón dorado. Miró a Irene, quien se encogió de hombros, sabiendo lo que quería preguntar. La mirada de Aliyah volvió a la cara de su hijo, siempre lo había imaginado con ojos