Freya
Para cuando se separó de mí, me esforzaba por recuperar el aliento. Una vez que recuperé la compostura para hablar, intenté apartarlo de mí, pero no se movía; no quería pensar en el daño que ya me había hecho en los labios. Cuando se inclinó para continuar donde lo dejó, giré la cara rozando sus labios hasta posarla en mi barbilla.
—No puedes seguir bebiendo de mí a menos que intentes matarme, por favor, déjame en paz —siseé, conteniendo las lágrimas de pánico que sentía que me quemaban