Capítulo 46
Quien dijo que la Tierra no podía empaparse de sangre no había visto suficiente sangre derramada sobre ella.
Los gritos resonaban en la distancia, los lamentos de los cuerpos que ardían entre las llamas llegaban a cada rincón y grieta de la zona.
Las casas quedaron reducidas a cenizas, el aire envenenado por escamas de piel carbonizada que flotaban en la brisa.
El lodo bajo mis pies estaba empapado de sangre, y en medio de todo aquello, más cuerpos yacían esparcidos por el terreno c