Ni Bella ni Elena esperaban la llegada de Anna.
Bella frunció el ceño y se acomodó la ropa, diciendo con un gesto adusto: —No, no eres bienvenida.
Anna, sin molestarse, le indicó al enfermero que la empujara hacia adentro y saludó con amabilidad: —Señora Romero, estos días he tenido un fuerte dolor de espalda y no he podido venir a visitarla. ¿Cómo se encuentra usted?
Elena no pudo evitar poner los ojos en blanco. —Eres tan desvergonzada, Bella dejó en claro que no eras bienvenida.
—Señorita Gar