Pero quien estaba parado en la puerta no era el empleado del servicio, sino Pedro, un hombre alto y apuesto.
En este momento, ya se había quitado el abrigo y solo llevaba puesta una camisa blanca de corte sencillo pero de excelente calidad.
La camisa se ajustaba perfectamente a su delgada cintura.
Él se paraba casualmente en la entrada, bajo la luz del pasillo. Esto lo hacía ver muy atractivo.
—¿Qué vienes a hacer aquí? —Bella frunció el ceño.
—¿Por qué no llevas zapatos? —Pedro también frunció