La ironía de la situación era evidente: la devoción ciega de Hernán hacia Sofía lo había llevado a perderlo todo.
Si hubiera tenido un ápice de sensatez, no habría terminado así.
El abogado González se recostó en su silla, sereno, y dijo: —Este es el mejor resultado posible, pero solo si conseguimos las pruebas que mencioné y ganamos el caso. De lo contrario, Hernán podría enfrentar muchos años de prisión.
—Haré lo posible por conseguirlo y espero que usted haga todo lo que esté en sus manos par