Los últimos días habían dejado un peso en la casa que Beck no podía sacudirse. Myla se movía por los pasillos como una sombra, más callada de lo habitual, sus sonrisas más suaves, más débiles, como si costaran esfuerzo. Y Hayden... joder, Hayden no había sido él mismo en absoluto desde que la alarma sonó aquella noche. Estaba presente, sí, pero distante de una manera que raspaba a Beck por dentro.
Beck odiaba el silencio. Odiaba la tensión aún más. Así que cuando entró en la cocina esa tarde y