Me quedé congelada en las escaleras, el corazón me latía apresuradamente y sabía que la persona que estuviera afuera no tardaría en entrar y atraparme. Sabía que tenía que alcanzar mi teléfono, era un riesgo que había que correr y esperaba no tropezar en la oscuridad. Di unos pasos apresurados, en el mismo instante en el que la puerta principal se abrió de golpe y grité asustada.
—¿Geraldine? —Al escuchar la voz de Hebert, caí de rodillas con alivio.
—Maldición. —Golpeé el suelo en la oscurida