Los labios de Vanessa rozaron mi cuello, calientes y provocadores, sus uñas raspando ligeramente por mi pecho mientras me abría el cinturón con facilidad practicada.
La encimera de la cocina se clavaba en mi espalda, el mármol frío un contraste marcado con el calor de su cuerpo presionado contra mí.
Su vestido rojo se ceñía a cada curva, el pelo rubio derramándose por sus hombros, y sus ojos, azules y malvados, brillaban con esa hambre familiar que siempre me encendía.
Mi polla estaba dura como