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El aliento se me cortó. Su mano seguía en mi muslo, el pulgar trazando círculos lentos y deliberados justo bajo el dobladillo de mi falda. La película olvidada. El autocine olvidado. Todo lo que podía sentir era el calor de su palma y la forma en que mi cuerpo ya dolía por más.
—Papi… —susurré, pero salió más como una súplica que como una protesta.
Giró la cabeza, los labios rozando el lóbulo de mi oreja. —¿Quieres que te muestre cómo se supone que se siente, princesa? Solo di la palabra. Est