Capítulo 11. Garras inquietas.
Vael Zarkov.
—¿Pongo a calentar las calderas, señor? —pregunta Grok al cruzar la entrada de mi edificio dentro de Mozg.
—Que ardan como nunca.
Dejo que tome del cabello al principito que tiene la ropa pegada al cuerpo por sudor y sangre. Que continúe desperdiciando las pocas fuerzas que le quedan sólo vuelve más fácil arrancarle las alas que echó cuando creyó que huir haría que Tomsk olvidara.
Mi territorio nunca olvida. Mi padre repetía constantemente que un Zarkov no nació para perdonar, sino