Una paz que no creyó necesitar se posó en su interior. De la propia boca de Estela escuchó el perdón que tanto ansiaba.
Ahora que era padre, no quería ni imaginar una vida sin su hijo. Su tierna sonrisa estaba tatuada en su mente, y su voz infantil resonaba en su corazón.
Las cosas en el ámbito económico no iban bien. El señor Milán advirtió que no continuaría con la inversión si no obtenía buenos resultados.
Aunque a Tania le importaba poco, siempre y cuando compartieran la cama.
Era solter