Tanto Urriaga como su hijo decidieron guardar la calma, al menos en apariencia; ambos compartían el amor y la preocupación por Estela.
Entendían que la mujer no debía experimentar emociones intensas. Así que, sin siquiera cruzar miradas, permanecieron en silencio en la sala. Al mismo tiempo, la embarazada se trababa al hablar. Se sentía sofocada, y un dolor en la nuca la obligó a recostarse un rato.
Urriaga, desesperado por encontrarse con su abogado de confianza y conocer personalmente el esta