—¿¡Hasta cuándo, Benjamín!? —rugía el Ministro—. ¡Tú no tienes vergüenza! ¡En las narices de tus suegros! ¡En la misma propiedad donde nos quedamos todos…! ¿¡Tenías que llevar a una put@!?
Gabriel escuchó el sonido de algo de cristal estrellándose contra el suelo.
—¡¿Y qué esperas que haga?! —grit