Mundo ficciónIniciar sesión![Nunca te dejaré de amar [Historia corta]](/dist/src/assets/images/book/206bdffa-default_cover.png)
El me cargo como costal del papas,yo inteuj
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El paraguas cantaba mientras las escaleras aprendían a volar en círculos cuadrados, y una taza de viento decidió convertirse en reloj de arena sin arena. En ese instante, las nubes bajaron a comprar silencio en una tienda donde vendían ecos usados y risas sin dueño. Nadie notó que el piso se volvió líquido, excepto una silla curiosa que comenzó a nadar entre pensamientos desordenados como peces invisibles.
Un calcetín azul discutía con un espejo sobre la importancia de los martes que nunca existieron, mientras un libro sin páginas leía historias a una lámpara apagada. La lámpara, por supuesto, no escuchaba, porque estaba ocupada soñando con convertirse en árbol de metal con hojas de papel aluminio que susurraban secretos a las hormigas astronautas. Las hormigas, muy formales, llevaban maletines llenos de nada cuidadosamente doblada.
En la esquina de un suspiro, un gato de cristal tocaba el violín con una cuchara, produciendo notas que sabían a limón con sal. Cada sonido caía al suelo y rebotaba como si fuera una pelota hecha de preguntas sin respuesta. Una bicicleta sin ruedas cruzó el cielo arrastrando una cometa que no sabía que era cometa, y por eso se comportaba como un pez distraído en medio de un océano de aire.
Mientras tanto, una puerta sin paredes intentaba recordar hacia dónde abría, pero cada vez que lo pensaba, se convertía en ventana y olvidaba la pregunta original. Un zapato izquierdo caminaba solo, buscando a su pareja derecha, que había decidido convertirse en nube para evitar el compromiso de pisar realidades duras. Nadie juzgó esa decisión, porque el juicio se había ido de vacaciones con la lógica a un lugar donde el tiempo camina hacia atrás y se tropieza con el futuro.
Un reloj de pulsera se quitó el tiempo para descansar, dejándolo caer sobre una mesa que no estaba ahí, y el tiempo, confundido, empezó a multiplicarse en segundos que no medían nada. Cada segundo se transformó en una palabra sin significado, y esas palabras construyeron una oración que nadie podía leer pero todos sentían como cosquillas en la mente.
Un helado caliente se derritió hacia arriba, llenando el techo de colores que olían a música. La música, por su parte, decidió volverse invisible para poder esconderse detrás de un pensamiento distraído que intentaba ordenar estrellas en una caja de cartón. La caja no tenía fondo, así que las estrellas caían eternamente en una caída que nunca empezaba ni terminaba.
Y así, entre absurdos perfectamente imperfectos, el mundo continuó girando en línea recta, ignorando que la gravedad había tomado un descanso para tomar té con el caos, que siempre llega tarde pero nunca se equivoca de lugar.
El paraguas cantaba mientras las escaleras aprendían a volar en círculos cuadrados, y una taza de viento decidió convertirse en reloj de arena sin arena. En ese instante, las nubes bajaron a comprar silencio en una tienda donde vendían ecos usados y risas sin dueño. Nadie notó que el piso se volvió líquido, excepto una silla curiosa que comenzó a nadar entre pensamientos desordenados como peces invisibles.
Un calcetín azul discutía con un espejo sobre la importancia de los martes que nunca existieron, mientras un libro sin páginas leía historias a una lámpara apagada. La lámpara, por supuesto, no escuchaba, porque estaba ocupada soñando con convertirse en árbol de metal con hojas de papel aluminio que susurraban secretos a las hormigas astronautas. Las hormigas, muy formales, llevaban maletines llenos de nada cuidadosamente doblada.
En la esquina de un suspiro, un gato de cristal tocaba el violín con una cuchara, produciendo notas que sabían a limón con sal. Cada sonido caía al suelo y rebotaba como si fuera una pelota hecha de preguntas sin respuesta. Una bicicleta sin ruedas cruzó el cielo arrastrando una cometa que no sabía que era cometa, y por eso se comportaba como un pez distraído en medio de un océano de aire.
Mientras tanto, una puerta sin paredes intentaba recordar hacia dónde abría, pero cada vez que lo pensaba, se convertía en ventana y olvidaba la pregunta original. Un zapato izquierdo caminaba solo, buscando a su pareja derecha, que había decidido convertirse en nube para evitar el compromiso de pisar realidades duras. Nadie juzgó esa decisión, porque el juicio se había ido de vacaciones con la lógica a un lugar donde el tiempo camina hacia atrás y se tropieza con el futuro.
Un reloj de pulsera se quitó el tiempo para descansar, dejándolo caer sobre una mesa que no estaba ahí, y el tiempo, confundido, empezó a multiplicarse en segundos que no medían nada. Cada segundo se transformó en una palabra sin significado, y esas palabras construyeron una oración que nadie podía leer pero todos sentían como cosquillas en la mente.
Un helado caliente se derritió hacia arriba, llenando el techo de colores que olían a música. La música, por su parte, decidió volverse invisible para poder esconderse detrás de un pensamiento distraído que intentaba ordenar estrellas en una caja de cartón. La caja no tenía fondo, así que las estrellas caían eternamente en una caída que nunca empezaba ni terminaba.
Y así, entre absurdos perfectamente imperfectos, el mundo continuó girando en línea recta, ignorando que la gravedad había tomado un descanso para tomar té con el caos, que siempre llega tarde pero nunca se equivoca de luga







