30| Alex.
Mi hermano se sentó en el amplio mueble frente a mi escritorio, y yo me quedé ahí, paralizado, sin atreverme a preguntar qué había encontrado. Pero fue él quien habló, mientras su largo cabello caía como una cascada rubia por su espalda.
—Es muy atractiva, hermosa, toda una belleza latina. Entiendo por qué la hiciste tu amante.
—¡Ella no fue mi amante! —le dije con rabia, mientras apretaba los puños por encima del escritorio. Giré mi silla, mirando hacia el océano, no dándole la espalda—. Tuvim