Paloma contuvo el aliento mientras el tronte abría la oficina del director de la universidad. Era un hombre muy alto, rubio y fuerte. Tenía constantemente el ceño fruncido y, por alguna extraña razón, eso la hizo sentir de mal humor, como si la tensión que el hombre cargara encima se le contagiara.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella, asombrada—. Pensé que ningún tronte tenía nombre.
—Me llamo Cristian. No todos los trontes tienen nombre —le dijo él con frialdad mientras abría la puerta.
Cuando es